No hay orden ni coherencia, son mensajes directos o encriptados. Sólo ideas, recuerdos tergiversados y fantasías del futuro.

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Los desiertos son misteriosos, esos horizontes que se dibujan detrás de los médanos, parecen vacíos y pacíficos a simple vista, pero en realidad esconden a  fantasmas que repiten los ecos de la muerte y a hombres que aún no nacen, pero cuyo destino está escrito desde hace siglos, sombras del pasado y del futuro que hablan de guerras y amores.

Historias que ya nadie sabe si realmente fueron más que historias tristes o alegres, escritas y contadas para dar esperanzas a los débiles o para horrorizar a los fuertes, leyendas más que historias.

Si, los desiertos estás llenos de leyendas, tanto como están llenos de estrellas y arena.

Una de esas leyendas me despojó de todo.

Una de esas leyendas pulverizó mi cuerpo, y ese polvo se confundió con la arena.

Desde niño escuché de mil formas diferentes la Leyenda de la Rosa del Desierto. En la mayoría de las versiones, la Rosa era blanca, con uno de sus pétalos transparentes, estaba encantada con magia, magia pura que le daba el poder de llenar los 7 desiertos (que alguna vez formaron el Desierto Único) de vegetación y cascadas, que refrescarían para siempre el calor infernal que tortura a todos los hombres y animales de estos países.

Pero había otra versión, una que sólo unos pocos conocían y muchos menos compartían, esa que escuché demasiado tarde, la que cuenta que la Rosa estaba de hecho maldita, era roja como la sangre y sus pétalos delicados eran resguardados por espinas más fuertes que el hierro. La poderosa flor, condenaba a los hombres que la tocaban a caer sin esperanza en el más obsesivo y destructivo de los amores, el amor eterno a una mujer que realmente no existía, que era un espejismo creado por la sed eterna del Desierto Único.

Como toda leyenda, no puede creerse del todo, los años confunden a las verdades con las mentiras y exageraciones, pero yo llevo 100 años vagando en el desierto, hablando de guerras, amores y tesoros perdidos, durmiendo a través de pesadillas que me guían a la Rosa del Desierto, esa que está enredada en el cabello de la mujer a la que amaré hasta el final de mi vida y hasta el final de mi muerte, la mujer a la que buscaré más allá de mis días en esta tierra, que antes de que me de cuenta, va a terminar de tragarme.

(Cuento basado en la canción “Desert Rose” de Sting)

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Como mi padre y mi abuelo fui un hombre rico. Mis tesoros eran incalculables, mi palacio impenetrable, mi harem exquisito, mi descaro inmensurable.

No fui un mal hombre, pero tampoco hice nada de lo que enorgullecerme. Mi arrogancia se alimentó de mis riquezas. Quise todo lo que el mundo tenía para ofrecer, logré conseguirlo y no fui capaz de compartirlo.

Mi primera obsesión fue ser el dueño de las cosas imposibles de poseer, y fue esa obsesión la que me trajo hasta aquí, al lugar en el que sólo se me permite caminar en círculos eternos, mientras el pelo sigue poblando mi cabeza y mi cara hasta hacerme irreconocible, incluso para mí mismo, camino en círculos eternos, mientras mi sudor ahoga mi piel seca y quemada, sigo caminando sin llegar nunca a mi destino, mientras la desesperación me sigue poblando el alma hasta que mi humanidad termine de abandonarme por completo.

Muchos fueron mis deseos, casi todos irracionales. Recorrí kilómetros en compañía de decenas de hombres que sufrieron sed y hambre por complacer mis caprichos. Multipiqué mis posesiones haciéndome de tesoros y recompensas que no necesitaba. Llené mis noches de mujeres que me aburrían en cuestión de horas. Puse sobre mi mesa de manjares que mi paladar no sabía degustar. Adorné mi cuello con joyas que me encadenaban a las mentiras que sólo el oro puede susurrarte al oído.

Todas estas obsesiones nacieron de la semilla de la ambición, sembrada por mi padre y mi abuelo, y por todos los hombres menos ricos que yo, que deseaban mi fracaso y mi perdición, pero fue ella la obsesión más grande de todas, el deseo corrupto y poderoso que me debilitó y me entregó vulnerable y desarmado a sus manos hambrientas de dolor.

Ella, dueña del odio y del amor me atrapó mientras estaba perdido en la ilusión de cosas que nunca pasaron, cosas que aluciné sin sospechar nunca que quien controlaba la situación no era yo, el hombre más rico y poderoso de los 7 desiertos, sino la mujer delgada, aparentemente frágil, de ojos grandes y más oscuros que las noches sin luna. Ella que nunca envejecerá, es quien lleva la legendaria Rosa del Desierto enredada en su larga y abundante cabellera negra.

(Cuento basado en la canción “Desert Rose” de Sting)

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Las caminatas parecen eternas, no hay manera de saber cuan lejos o cuan cerca se está del destino si todo alrededor se ve igual desde hace 100 años.

No hay peor lugar para estar solo y desesperado que el desierto.

Aunque estoy muy lejos del país que me vio nacer, es bien sabido que el calor sofocante es exactamente el mismo en todos los desiertos, debería estar acostumbrado, pero ningún hombre, por fuerte y valiente que sea, puede acostumbrarse a la sensación de estar abrazado por llamas de fuego nuevo y palpitante.

Uno pensaría que al caer el sol debajo de los médanos, la noche traería algo de brisa fresca, tal vez lo hace pero yo soy incapaz de sentirlo, porque en mis pesadillas siempre es de día, el sol siempre está sobre mi cabeza, quemándome desde arriba mientras la arena me quema desde abajo partiendo de mis pies descalzos.

Hace tanto que no veo agua fuera de una cantimplora, hace tanto que no veo la lluvia, que de caer sobre mí aliviaría mis incendios permanentes, los de adentro y los de afuera, los de mis manos y mis ojos, los de mi corazón y los de mis piernas. Pero el desierto ni siquiera me concede el consuelo del espejismo de un oasis en el que pueda calmar mi sed y huir del sol que me persigue sin piedad.

Pero mis tormentos son sólo producto de mi imaginación, de la costumbre de ser un hombre, la verdad es que no me quema el sol y no necesito el agua, porque los fantasmas que vagan por los 7 desiertos no necesitan nada y no deben sentir nada.

(Cuento basado en la canción “Desert Rose” de Sting)

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Mis pesadillas no descansan, cambian pero me atormentan de la misma manera. Sin piedad me recuerdan todas las cosas que una vez poseí, son dibujos nítidos de todo lo que construí y que ardió lentamente, envuelto en llamas azules hace mucho tiempo atrás, a manos de la maldición milenaria de la Rosa del Desierto.

Sueño con el fuego que quemó todo,  con la lluvia que se llevó las cenizas y las esparció por los 7 desiertos. Sueño con jardines que me embriagan con fragancias de flores que nunca existieron. Me despierto sólo para seguir soñando con ojos abiertos y empapados de sudor, ojos negros mareados por el calor sofocante que apenas me deja respirar. Sueños inquietos que recrean mi amor incondicional a su engaño, a sus mentiras seductoras, llenas de magia de la mala, de la negra, mentiras que fueron siempre más fuertes que yo. Sueño con el paso del tiempo que en realidad no pasa, porque todos los días son iguales al anterior y al que está por seguirle. Sueño con el fuego de la hoguera que con suerte pronto me quemará y con la lluvia que arrastrará mis cenizas por los 7 desiertos, hasta que alguna parte de mí, finalmente, llegue a ella otra vez.

Las pesadillas son dueñas de mis noches y de mis días, mientras camino, sueño despierto con el agua fresca, con la lluvia y con un jardín, aquel que vio nacer a la última rosa del desierto, la que se llevó ella, la mujer que no puedo nombrar sin que mi alma se encoja en el dolor del recuerdo de la tragedia que la separó de mí. Son pesadillas hermosas, que me muestran todo lo que nunca tendré otra vez.

100 años o más llevo recorriendo los 7 desiertos buscándola. Mis pesadillas me atormentan, pero también me acercan a ella, de eso estoy seguro, son mi brújula, todos mis mapas, todas las estrellas guías que necesito para encontrarla.

(Cuento basado en la canción “Desert Rose” de Sting)

Somebody should write a movie based on this song.